miércoles, 13 de abril de 2016

El renacuajo preferido del arroyo.

Estaba recién estrenada la primavera, y los rayos del sol iluminaban el arroyo de agua transparente.
Con las noches cálidas las ranas y los sapos se empezaban a aparear. Las ranas de este arroyo iban y venían, pues cerca había una charca y cuando se convertían, los renacuajos en ranas, se marchaban. El arroyo quedaba vacío hasta la siguiente primavera. Las ranas y sapos dejaban allí sus huevos hasta que madurasen y nacieran los renacuajos.

Una vez que estaban los huevos depositados en el arroyo, se empezaban a ver los primeros cambios y los huevos cogían forma de coma. Los primeros renacuajos ya habían nacido. Respiraban por sus branquias externas, pues aún era pronto para que se les abriera la boca. Unos días más tarde perderían esas branquias externas, para comenzar a respirar por las branquias internas y ya poder alimentarse ellas solas. Ya eran carnívoros y tenían sus patitas traseras.

Había un renacuajo que el arroyo llamaba "Sonrisitas", pues todas las mañanas amanecía con una sonrisa. Si el día comenzaba con un sol radiante, allí estaba "Sonrisitas", cantándole al arroyo de agua clara. Y si el día estaba nublado, "Sonrisitas", cantaba para que lloviera y su arroyo no quedara sin agua. 

Le encantaba su arroyo rodeado de piedras, donde solo vivían los renacuajos recién nacidos, pues al crecer todos iban a otra charca que pertenecía a la gran laguna y allí cada uno buscaba su destino.

El arroyo en esos momentos se quedaba muy triste y sólo.

Una noche, bajo la luz de la luna, "Sonrisitas", estaba solo y escuchaba un sonido raro.
Quedándose callado, movió ambos ojos para identificar de dónde venía ese ruido, y de repente, el arroyo le susurro: -hola renacuajo soy el arroyo, estoy triste por que mis aguas cuando crezcáis todos, os marchareis y yo me volveré a quedar solo hasta la siguiente puesta de huevos y me pone muy triste, especialmente si tú te vas "Sonrisitas".

El renacuajo que lo escuchaba atentamente dijo : -¿Sonrisitas?.

El arroyo contestó: -Sí, así es como te llamo yo, pues alegras hasta los días más lluviosos y tristes con tu cantar-. "Sonrisitas" soltó una carcajada y dijo: -¡Ah!, pero...¿me escuchas?".-  Comenzaron a reír juntos.

El pequeño renacuajo, no podía entender por qué se iban todos las ranitas de aquel maravilloso arroyo. Sus aguas eran cristalinas, el sol iluminaba todo el arroyo calentándolo, el agua corría por laguna dejándola limpia y fresca. Se decía a si mismo, que quizás, era muy pequeño para entenderlo y que cuando fuera grande puede que él también se marcharía, aunque se negaba hasta la saciedad.

A la siguiente noche volvieron a tener una de sus conversión, de esas que a ambos les gustaba tener. Era una de esas cosas que les gustaba hacer y la esperaban con alegría a lo largo de todo el día.

El renacuajo le dijo al arroyo: -me he preguntado una y otra vez... ¿por qué todos se marchan al convertirse en ranas y sapos?.- 

El arroyo muy serio le contestó: -no sé..., hace un tiempo, unas ranitas muy juerguistas, lo pusieron de moda, pues en el arroyo había tantas, que alimentarse todas era cada vez mas difícil. Al principio sólo se iban las ranas y sapos mas mayores, pero después todos emigraban con sus crías ya convertidas en ranas. Quizás al otro lado de la laguna haya una charca más grande y cargada con más agua que yo.- 

-No te pongas triste arroyo. Nadie sabe que hay al otro lado de la laguna, pues nadie ha vuelto de allí. No tiene por que ser algo mejor, por que para mi esto es lo mejor.- Dijo el renacuajo en un afán de animar a su amigo.

-¿Y tú Sonrisitas, cuando seas mayor te marcharás de mis aguas?.-

-No arroyo. A mi, este lugar me gusta. Además si todos cuando se hacen ranas y sapos se marchan,  yo no tendré problema de alimentarme, y podré enseñar a los pequeños renacuajos lo bueno que tiene este arroyo.-

El arroyo, triste, no confiaba mucho en lo que decía "Sonrisitas". Pensaba que el haría lo mismo que los demás, pues así se había hecho durante mucho tiempo.

-No te sientas mal arroyo.- dijo "Sonrisitas".

-"Sonrisitas", me siento utilizado. Estas aguas son muy buenas para que crezcan los renacuajos, pero quizás, no para cuando son ranas, y si tu te quedas, no vivirás mucho tiempo.- Contesto el arroyo muy apenado, pues era el único renacuajo que consiguió escucharlo y ser su amigo.

-Bueno arroyo, eso nadie lo sabe. Dejemos que pase el tiempo, pues con adelantarnos a el no conseguimos nada.-

Lo que no sabían ni el arroyo ni el renacuajo, es que todas aquellas ranas y sapos, que salían del arroyo, no iban a ningún paraíso, sino a un gran acuario donde eran vendidos y los herpetólogos las estudiaban para ver las evoluciones de las ranas y sapos, y así poder buscar la conservación de la población. No eran libres.

"Sonrisitas" se quedo en aquel arroyo por muchos años, convirtiéndose en amigo y protector del arroyo, teniendo las mejores charlas entre ambos, donde Sonrisitas se convirtió en el sabio de aquel lugar. Pues todos los días, cantando, alegraba a los renacuajos recién nacidos y junto a ellos, todos los amaneceres, observaban como el sol radiante iluminaba el arroyo. 

Tenemos la costumbre de hacer las cosas por que son así, como nos las enseñan y por que al hacerlas, de generación en generación, suponemos que esta bien hacerlo. Cada uno ha de hacer aquello que crea más conveniente y valorar aquello que posee, pues aquel arroyo era el más valorado de la población, el más respetado y admirado. Todos los días de primavera estaba lleno de niños que llevaban su pan para alimentar a los renacuajos.

El renacuajo que prefirió apostar por la amistad y valorar al gran arroyo. Aquel lugar era demasiado mágico para abandonarlo por que sí.